Archivo de la etiqueta: Wilmer Rivera

Lecciones de Siempre

En días como hoy, llenos de activismo y estrés, es fácil olvidar lo que realmente es importante. “Lecciones de Siempre”, nos insta a reflexionar en lo necesario, vital y trascendente.

Lecciones de Siempre

  • Soñar no cuesta nada, mejor planifique

Escriba sobre un papel lo que pretende realizar a corto, mediano y largo plazo.

  • Sea agradecido

Un “gracias” puede mucho en sociedades como las de hoy.

  • Sea amable

No olvide el sabio dicho de aquel escritor: “La cortesía y la educación, abren todas las puertas”.

  • Es normal el miedo a lo desconocido

Si está por realizar nuevos proyectos, inténtelos y no se detenga.

  • No olvide

Pobreza no es carecer de dinero, pobreza es carecer de metas y objetivos.

  • Odie la rutina

Intente conocer nuevos destinos, disfrute de una buena comida, juegue con niños, abrace a sus padres, camine bajo la lluvia de vez en cuando.

  • Viaje más ligero

Las cargas y los afanes del día a día, le harán más lento el paso.

  • Ame

Por sobre la pasión y las emociones, decide amar para siempre.

  • Perdone

La vida es tan corta como para pasársela en conflictos con la gente que amamos. Perdonar también es una decisión.

  • La vida es un regalo

Viva cada momento como si fuese el último. Recuerde, nada es casualidad y todo tiene un propósito en la vida.

  • Una cuota de fe

Que nunca le falte una cuota de fe a su equipaje. La fe sigue moviendo montañas, sigue haciendo milagros.

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Ranking FIFA: El Salvador

Hoy amanecimos con la “non grata” noticia de que nos ubicamos en el puesto #94 en el ranking FIFA.

Por supuesto que no agrada la idea en absoluto, mas sin embargo solo nos resta hacer la misma reflexión de siempre: seguir trabajando…

En cada proceso eliminatorio, nuestro fútbol solo gana “experiencia”. Por eso insisto en que gran parte de las dirigencias de nuestra sociedad, carecen de visión a largo plazo.

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Algo hicimos mal (reflexión latinoamericana)

Palabras del Presidente de la República de Costa Rica, D. Óscar Arias en la Cumbre de las Américas, Trinidad  y Tobago, 18 de abril del 2009.

Discurso: Algo hicimos mal

Tengo la impresión de que cada vez que los países caribeños y latinoamericanos se reúnen con el presidente de los Estados Unidos de América, es para pedirle cosas o para reclamarle cosas. Casi siempre, es para culpar a Estados Unidos de nuestros males pasados, presentes y futuros. No creo que eso sea del todo justo.

No podemos olvidar que América Latina tuvo universidades antes de que Estados Unidos creara Harvard y William & Mary, que son las primeras universidades de ese país. No podemos olvidar que en este continente, como en el mundo entero, por lo menos hasta 1750 todos los americanos eran más o menos iguales: todos eran pobres.

Cuando aparece la Revolución Industrial en Inglaterra, otros países se montan en ese vagón: Alemania, Francia, Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda… y así la Revolución Industrial pasó por América Latina como un cometa, y no nos dimos cuenta. Ciertamente perdimos la oportunidad.

También hay una diferencia muy grande. Leyendo la historia de América Latina, comparada con la historia de Estados Unidos, uno comprende que Latinoamérica no tuvo un John Winthrop español, ni portugués, que viniera con la Biblia en su mano dispuesto a construir “una Ciudad sobre una Colina”, una ciudad que brillara, como fue la pretensión de los peregrinos que llegaron a Estados Unidos.

Hace 50 años, México era más rico que Portugal. En 1950, un país como Brasil tenía un ingreso per cápita más elevado que el de Corea del Sur. Hace 60 años, Honduras tenía más riqueza per cápita que Singapur, y hoy Singapur –en cuestión de 35 ó 40 años– es un país con $40.000 de ingreso anual por habitante. Bueno, algo hicimos mal los latinoamericanos.

¿Qué hicimos mal? No puedo enumerar todas las cosas que hemos hecho mal. Para comenzar, tenemos una escolaridad de 7 años. Esa es la escolaridad promedio de América Latina y no es el caso de la mayoría de los países asiáticos. Ciertamente no es el caso de países como Estados Unidos y Canadá, con la mejor educación del mundo, similar a la de los europeos. De cada 10 estudiantes que ingresan a la secundaria en América Latina, en algunos países solo uno termina esa secundaria. Hay países que tienen una mortalidad infantil de 50 niños por cada mil, cuando el promedio en los países asiáticos más avanzados es de 8, 9 ó 10.

Nosotros tenemos países donde la carga tributaria es del 12% del producto interno bruto, y no es responsabilidad de nadie, excepto la nuestra, que no le cobremos dinero a la gente más rica de nuestros países. Nadie tiene la culpa de eso, excepto nosotros mismos.

En 1950, cada ciudadano norteamericano era cuatro veces más rico que un ciudadano latinoamericano. Hoy en día, un ciudadano norteamericano es 10, 15 ó 20 veces más rico que un latinoamericano. Eso no es culpa de Estados Unidos, es culpa nuestra.

En mi intervención de esta mañana, me referí a un hecho que para mí es grotesco, y que lo único que demuestra es que el sistema de valores del siglo XX, que parece ser el que estamos poniendo en práctica también en el siglo XXI, es un sistema de valores equivocado. Porque no puede ser que el mundo rico dedique 100.000 millones de dólares para aliviar la pobreza del 80% de la población del mundo –en un planeta que tiene 2.500 millones de seres humanos con un ingreso de US$2 por día– y que gaste 13 veces más (US$1.300.000.000.000) en armas y soldados.

Como lo dije esta mañana, no puede ser que América Latina se gaste US$50.000 millones en armas y soldados.

Yo me pregunto: ¿quién es el enemigo nuestro? El enemigo nuestro, presidente Correa, de esa desigualdad que usted apunta con mucha razón, es la falta de educación; es el analfabetismo; es que no gastamos en la salud de nuestro pueblo; que no creamos la infraestructura necesaria, los caminos, las carreteras, los puertos, los aeropuertos; que no estamos dedicando los recursos necesarios para detener la degradación del medio ambiente; es la desigualdad que tenemos, que realmente nos avergüenza; es producto, entre muchas cosas, por supuesto, de que no estamos educando a nuestros hijos y a nuestras hijas.

Uno va a una universidad latinoamericana y todavía parece que estamos en los sesenta, setenta u ochenta. Parece que se nos olvidó que el 9 de noviembre de 1989 pasó algo muy importante, al caer el Muro de Berlín, y que el mundo cambió.

Tenemos que aceptar que este es un mundo distinto, y en eso francamente pienso que todos los académicos, que toda la gente de pensamiento, que todos los economistas, que todos los historiadores, casi que coinciden en que el siglo XXI es el siglo de los asiáticos, no de los latinoamericanos. Y yo, lamentablemente, coincido con ellos.

Porque mientras nosotros seguimos discutiendo sobre ideologías, seguimos discutiendo sobre todos los ismos. ¿Cuál es el mejor? capitalismo, socialismo, comunismo, liberalismo, neoliberalismo, socialcristianismo….

Los asiáticos encontraron un ismo muy realista para el siglo XXI y el final del siglo XX, que es el pragmatismo.

Para solo citar un ejemplo, recordemos que cuando Deng Xiaoping visitó Singapur y Corea del Sur, después de haberse dado cuenta de que sus propios vecinos se estaban enriqueciendo de una manera muy acelerada, regresó a Pekín y dijo a los viejos camaradas maoístas que lo habían acompañado en la Larga Marcha: Bueno, la verdad, queridos camaradas, es que mí no me importa si el gato es blanco o negro, lo único que me interesa es que cace ratones.

Y si hubiera estado vivo Mao, se hubiera muerto de nuevo cuando dijo que: la verdad es que enriquecerse es glorioso.

Y mientras los chinos hacen esto, y desde el 79 a hoy crecen a un 11%, 12% ó 13%, y han sacado a 300 millones de habitantes de la pobreza, nosotros seguimos discutiendo sobre ideologías que tuvimos que haber enterrado hace mucho tiempo atrás.

La buena noticia es que esto lo logró Deng Xioping cuando tenía 74 años. Viendo alrededor, queridos Presidentes, no veo a nadie que esté cerca de los 74 años. Por eso solo les pido que no esperemos a cumplirlos para hacer los cambios que tenemos que hacer.

Muchas gracias.

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Una (GRAN) historia de amor

Uno de los cuadros más famosos de Alberto Durero es: “Manos que Oran”. Detrás de esta reconocida imagen, existe una maravillosa historia. El artista creció junto a 18 hermanos y uno de ellos sentía gran afición a la pintura tanto como Durero.

Un día lanzaron una moneda al aire para decidir quien de los dos se iría a estudiar pintura a la Academia, pero quien perdiese; trabajaría fuerte en una mina de carbón para sostener económicamente al otro. El afortunado en ir a cumplir sus sueños fue Alberto Durero.

Al poco tiempo, Durero alcanzo fama y sus cuadros se vendían a buen precio. Al cabo de algunos años el artista decide regresar a casa y como gesto de agradecimiento a su hermano, le sugiere estudiar pintura en la Academia así como él lo hizo.

“Mis manos están gastadas y deformes de tanto trabajo en la mina y no estoy en condiciones de regresar a la pintura”, le responde su hermano.

Durero, como homenaje a tanto sacrificio y amor, decide plasmar un lienzo con las manos de su hermano. Manos gastadas, huesudas y unidas.

Decidió llamar al cuadro: “Manos que Oran”. Esta obra llegó a convertirse en una de las más representativas de su época.

Una gran historia de amor.

Alberto Durero (1471-1528, en idioma Alemán: Albrecht Dürer)

Es el artista más famoso del Renacimiento Alemán. Conocido en todo el mundo por sus pinturas, dibujos, grabados y escritos teóricos sobre arte, que ejercieron una profunda influencia en los artistas del Siglo XXI.

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Nos llaman “la generación perdida”

Nuestra crisis sobrepasa lo económico. Aquí falta actitud, coraje y amor.

                                                                                                                                                                                                                                                                                 En el país no siempre se habló de crisis, mas sin embargo casi siempre hubo escasez, pobreza y violencia. No soy tan viejo como para entrar a la médula de las raíces de la crisis mediática, ni tan joven como para no querer entender lo que nos toca vivir a nosotros los de la “generación perdida”.

A nosotros los nacidos a partir de la década de los ochenta, los pujantes de la era informática; consumidores excesivos, reacios y carentes de afecto.

Hace dos años leí el informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en donde se señalaba que la tendencia en el desempleo entre los 620 millones de jóvenes laboralmente activos en el mundo, aumentaría. Ellos acuñaron un título para la juventud de hoy, el de la “generación perdida”.

El documento refería a la incapacidad para encontrar empleo digno, que crearía una sensación de inutilidad e inactividad entre los jóvenes. Y esto, pudiera llevar a un aumento de la criminalidad, problemas de salud mental, violencia, conflictos y consumo de drogas.

Todavía me niego a creer que seamos esa generación…

Mas sin embargo, no es la crisis económica o la falta de empleo lo que nos paraliza. Es la crisis incrustada en el corazón, es esa crisis de “ausencia de luz” en el alma. Carecemos de dirección y jugamos a “ser dioses”.

Bien pudiera señalar al sistema o a la incapacidad de los gobiernos por los males que nos aquejan. Pero antes prefiero evaluar mi vida, mis acciones y mi corazón antes de pedir cambios en mi entorno.

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Buenas noticias: mañana y después de mañana

Ayer leía el recuento noticioso del 2011 en un rotativo nacional. Son de esos suplementos extensos y llenos de muchas fotografías con los hechos “más relevantes de cada año”. Catástrofes naturales, la muerte de algún personaje histórico, crisis y eventos similares. Son incómodos para leer y muy largos.

Este citaba en su titular algo así como: el peor de los años (al referirse al 2011).

Falacias dije. ¿Cuándo tendremos un “buen año”? Me pregunté un poco más insistente. ¿Cuándo, ah?

Es que, en la última década no he visto titulares tan alentadores para nuestro porvenir. ¿Por qué?

Acaso, no hay razones válidas o reales para vaticinar un mejor mañana. O es que, ¿estamos tan jodidos? (frase de mi bisabuelo, cuando me contaba sus historias del siglo pasado).

Trato de ser incrédulo ante lo que los medios nos venden hoy en día. Soy de los que gusta examinar todo y retener lo bueno. Voy por la esencia del hecho, en busca de aprender la lección de lo acontecido y sondeo distintos escenarios.

El panorama 2012 pinta a que la crisis mundial se agudizará, oriente medio sufrirá más guerras, el precio del crudo se elevará por encima de las nubes incluso, los alimentos encarecerán (aún más) y la bolsa de valores se desplomará de nuevo.

En México, recién advierten del peligro de que haya una “generación perdida” entre los jóvenes, debido a la crisis económica que viven.

Pero, puedo decir sin caer en fantasías que nuestra percepción del mañana o nuestra visión de vida podrían convertirse en una profecía dependiendo de lo que creamos (o en quien pongamos nuestra confianza). Genéticamente somos lo que pensamos. Y esto, incluye una cuota de fe.

Porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él. (Proverbios 23:7)

 

 

 

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Somos “Cachimbones” los salvadoreños

Niños salvadoreños

Somos cachimbones los salvadoreños. Y eso aplica tanto para la vida como para lo que queremos alcanzar. La mayoría de nosotros somos gente de bien, gente que se desgasta trabajando con el fin de salir adelante y poder tener una mejor vida.

Esta imagen que capté, sin duda refleja la personalidad de la mayoría de nosotros:

SOMOS TRABAJADORES.

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El trabajo de mi vida

El trabajo ocupa de nuestro tiempo:

  •   8 horas al día,
  •   44 horas a la semana y
  •   2,288 horas al año.

*Solo considerando que la jornada laboral comprenda 8 horas diarias como la ley dicta.

Esto dijo Steve Jobs (ex presidente de Apple y  Pixar Studios), en un discurso pronunciado en la Universidad de Stanford hace algunos años. Lo considero relevante, puesto que lo dice un hombre que fue dado en adopción cuando era niño, no terminó su carrera universitaria por falta de dinero y descubrió que padecía de un cáncer terminal siendo el líder de una de las empresas más poderosas de este siglo. Para muchos, es el Henry Ford o Thomas Edison de nuestro tiempo.

Su discurso se tituló: “Tienen que encontrar eso que aman”

 

Tienen que encontrar eso que aman. Y eso es tan válido para su trabajo como para sus amores. Su trabajo va a llenar gran parte de sus vidas y la única manera de sentirse realmente satisfecho es hacer aquello que creen es un gran trabajo. Y la única forma de hacer un gran trabajo es amando lo que hacen. Si todavía no lo han encontrado, sigan buscando. No se detengan. Al igual que con los asuntos del corazón, sabrán cuando lo encuentren.

 

“Si vives cada día como si fuera el último, es muy probable que algún día hagas lo correcto”.

 

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Creatividad: ¿se encuentra o se descubre?

La creatividad es la generación de nuevas ideas o conceptos.

¿Es la creatividad un factor innato del ser humano o será el producto de la dedicación a una idea sencilla?

Pienso que ambas. Pues nadie se escapa de poseer alguna habilidad oculta. No somos inútiles en todo, ni sabios tampoco. Por alguna extraña razón – comodidad tal vez – muy pocos llegan a gastar sus habilidades al servicio de la gente. Usarlas sea quizás, una cuota de éxito para quienes las descubren.

Insisto, se “descubren”, porque esto implica una tarea de acción. Los talentos no son objetos que se encuentran por ahí en cualquier rincón. Estos en cambio, son tesoros por descubrir.

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¿Cómo se hacen los genios?

¿Como se hacen los genios?

Siempre me cuestiono la idea de los “genios”.  ¿Dónde nacen? ¿Qué comen? ¿Qué hacen? ¿Cuánto leen?…

Es difícil acertar cuando no tengo una definición tan clara. Por eso me di a la tarea de buscar algunas características (muy buenas por cierto):

  • El genio se relaciona con la inspiración y la creatividad.
  • La actividad creadora es posible en el arte cuando la inteligencia y la conciencia se unen.
  • Se consideran genios a aquellos que sobresalen sobre sus semejantes y producen cosas superiores en su propio campo.

Es por eso que publico un artículo realizado por Terry Teachout. Artículo que aclaró muchas de mis dudas.

Los genios: ¿nacen o se hacen? El valor del talento vs. la dedicación

Por Terry Teachout

¿En qué piensa cuando escucha la palabra “genio”? Creo que muchos se imaginan a un tipo con una bata blanca que mira por un microscopio y exclama: “¡Eureka! Encontré la cura del cáncer”.

Sin embargo, los descubrimientos científicos y creativos a menudo no son resultado de una repentina inspiración sino de largos períodos de trabajo duro y agotador. Esta realidad tan poco romántica es el tema de Sudden Genius? The Gradual Path to Creative Breakthroughs (que se puede traducir como “¿Genio repentino? El camino gradual a los grandes adelantos creativos”), un nuevo libro en que el biógrafo británico Andrew Robinson examina momentos clave en las vidas de personalidades brillantes de la talla de Marie Curie, Charles Darwin, Albert Einstein y Leonardo da Vinci. La conclusión que extrae de sus experiencias es que el genio creativo es “el producto del coraje humano, no de la gracia superhumana”.

Robinson también se dedica a analizar una de las teorías más populares actualmente sobre el genio, la cual califica como deficiente.

La teoría se conoce en Inglaterra como “la regla de los 10 años” y en Estados Unidos —donde ha sido popularizada por Malcolm Gladwell, el autor de Fueras de serie— como “la regla de las 10.000 horas”. La premisa es la misma: para tener éxito en algo, una persona debe trabajar en ello 20 horas a la semana durante 10 años. Si consigue sobrellevar la disciplina, el éxito está asegurado. No hace falta ser un genio, de hecho, no existe tal cosa.

K. Anders Ericsson, el psicólogo considerado como el creador de la regla de las 10.000 horas, afirma en The Making of an Expert (algo así como “La creación de un experto”), un artículo publicado en 2007 en el que resume su investigación, que “los expertos siempre se hacen, no nacen”. Ericsson descarta el papel jugado por el talento innato, citando como ejemplo a Wolfgang Amadeus Mozart: “Nadie pone en duda que los logros de Mozart fueron extraordinarios. Sin embargo, lo que la gente olvida es que su desarrollo también fue excepcional para su época. Su tutelaje musical comenzó a los 4 años, y su padre, un diestro compositor, fue un famoso profesor de música y había escrito uno de los primeros libros didácticos de violín. Al igual que otros artistas de clase mundial, Mozart no nació un experto, sino que se convirtió en uno”.

Es fácil ver por qué la visión del genio de Ericsson-Gladwell como una experiencia basada en la destreza se ha vuelto tan popular, ya que encaja perfectamente con las nociones igualitarias actuales del potencial humano. Además, hay muchas evidencias de la validez —hasta cierto punto— de la regla de las 10.000 horas. Mi ejemplo favorito es el de Charlie Parker, el padre del estilo bebop. De adolescente, quedó en ridículo al participar en sesiones improvisadas de jazz en Kansas City antes de haber aprendido bien a tocar el saxofón, adquiriendo una reputación de incompetente en toda la ciudad. En 1937, la humillación lo superó, por lo que decidió ponerse a practicar en serio por primera vez en su vida. Ocho años después, se había transformado en un virtuoso, labrándose así su ingreso en la historia del jazz.

El problema con la regla de las 10.000 horas es que muchos de sus fervientes defensores son ideólogos políticos que ven la posibilidad del genio como una afrenta a su visión de la igualdad humana y hacen lo que sea para descartarla. Y les queda mucho trabajo por delante, comenzando por Mozart. Tal como indica Robinson, Nannerl, la hermana mayor de Mozart, era una talentosa pianista que recibió el mismo entrenamiento intensivo que su hermano, pero sin embargo no se desarrolló como compositora. ¿Qué es lo que la frenó? La explicación más simple es la más persuasiva: él tenía algo que decir y ella no.

—Terry Teachout es el crítico de teatro de The Wall Street Journal.

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